Mi historia
Mi vida, antes de conocer a Dios, era como un reflejo distorsionado de lo que realmente soy. Vivía según los deseos de mi carne, siguiendo un corazón lleno de ira, baja autoestima y miedo. Me aferraba a las palabras vacías que escuchaba sobre mí, a la búsqueda constante de aceptación, al deseo de sentirme alguien en un mundo roto. Mi corazón era un campo de batalla entre el deseo de pertenecer y la realidad de una vida sin sentido.
Guardaba tesoros en lugares oscuros, en relaciones vacías, en adicciones que me prometían escapar de mi dolor, en pensamientos de autodestrucción. Mi identidad estaba moldeada por las opiniones de otros, por los estereotipos y por los miedos que yo misma dejaba que me controlaran. Llegué a un punto tan bajo que intenté acabar con mi vida varias veces, buscando cualquier forma de escapar de la oscuridad en la que vivía.
Pero en mi momento más vulnerable, algo cambió. Sentí a Dios llamándome, y en medio de mi desesperación, decidí decir "sí". Decidí seguirlo y dejar que Él transformara mi vida.
Aceptar a Dios no significó que todo se volvió perfecto de inmediato, pero encontré un amor y una paz que nunca antes había experimentado. Donde antes había vacío, Él llenó mi corazón de vida. Donde antes buscaba aceptación en cosas que solo traían dolor, ahora encontré un tesoro eterno en el cielo. Mi corazón empezó a sanar, y de él empezó a brotar vida y verdad, porque Dios me dio un nuevo propósito y una nueva identidad en Cristo.
Ahora sé quién soy, y vivo gozosa en la voluntad de Dios, con la misión de compartir esta esperanza con otros corazones rotos, porque sé que Él puede sanar lo que parece imposible de restaurar.


